domingo, 29 de enero de 2023

Las 10 historias más insólitas del fútbol

 Luciano Wernicke se ha dedicado por años a investigar sobre las anécdotas más exóticas que se han vivido en el fútbol. Aquí escribe para SoHo, diez de ellas, donde la realidad literalmente supera la ficción.

1. El arquero manco

Poco antes del comienzo del campeonato argentino de primera división de 1906, el arquero José Buruca Laforia pasó al club Alumni y dejó a su exescuadra, Barracas Athletic (institución hoy desaparecida), sin un guardametas titular. Ante esta situación de emergencia, Barracas se vio obligado a probar jugadores “de campo” en el arco. Como ninguno se destacaba en esa función, cada jornada se experimentaba con un nuevo candidato para el puesto vacante. El 26 de agosto, los hombres de Barracas debían trasladarse a la localidad de Campana —situada a unos sesenta kilómetros al norte de la ciudad de Buenos Aires— para enfrentar a Reformer, un modesto conjunto integrado por los empleados de un frigorífico. Esa fría mañana solamente ocho futbolistas se presentaron en la estación de trenes para efectuar el viaje hacia la cancha rival. Ya en camino, a la hora de plantear una estrategia para contrarrestar la desventaja numérica, se le encomendó la difícil tarea de custodiar los tres palos a Winston Coe, uno de los socios fundadores del equipo, quien habitualmente se desempeñaba como defensor. En la cancha, la estrategia instrumentada por el disminuido Barracas sirvió de poco frente al conjunto completo de Reformer, que se adjudicó una contundente victoria por 11 a 0. Empero, las crónicas periodísticas de la época elogiaron la labor de Coe quien, a pesar de contar con una deficiencia física, evitó que Barracas sufriera una goleada aún más humillante. Y no era para menos, ya que al improvisado arquero... ¡le faltaba el brazo izquierdo!

2. El árbitro a caballo
A la final del torneo de segunda división de 1925 de la ciudad argentina de Córdoba llegaron los clubes locales Vélez Sarsfield y Peñarol. El choque definitivo se pactó en una canchita del barrio El Abrojal, y se designó a Carlos Libertario Linossi para controlar las acciones del trascendental desafío. A los treinta minutos de la segunda etapa, con el marcador 1-1, Peñarol consiguió el gol que lo catapultaba a la división de honor del fútbol cordobés. Pero la conquista no fue bien recibida por los seguidores de Vélez: gracias a la falta de alambrado olímpico, los hinchas decidieron ingresar al campo de juego para golpear a los futbolistas rivales, quienes a su vez fueron defendidos por sus partidarios. En medio de una riña generalizada, Linossi montó el caballo con el que había arribado al lugar y comenzó a despejar, a empellones, a los exaltados espectadores. La bravura del centauro consiguió el milagro del retorno de la calma para que el encuentro prosiguiera sin nuevos disturbios. Hasta el último minuto, el hombre de negro continuó su labor sentado en el lomo de su corcel. Fue el primer árbitro con cuatro patas.

3. El técnico que dirigía con pañuelos de colores
El 17 de octubre de 1943 se disputó la primera fecha del flamante torneo profesional de México. Esta nueva era del fútbol azteca, sostenida por mecenas acaudalados y grandes empresas, atrajo, como la miel a las moscas, a muchos veteranos futbolistas argentinos, ávidos de ganar una buena suma para su retiro. Uno de ellos fue el centrodelantero Marcos Aurelio, quien dejó Vélez Sarsfield para sumarse al club León. Allí, Aurelio tuvo un entrenador que utilizaba un complejo método para darles instrucciones a sus dirigidos, basado en pañuelos de diferentes colores. Si el técnico agitaba uno de color azul, todos debían ir al ataque. Por el contrario, si exhibía uno verde, los once tenían que defender. Y, si el pañuelo elegido era rojo, “había que retener la pelota”. La novedosa estrategia se puso en práctica, pero las cosas no salían nada bien: por más que el “míster” cambiaba los colores, los goles rivales caían uno tras otro. Con el partido desfavorable por 5 a 1, Aurelio se acercó al banco y, dirigiéndose al técnico, le sugirió: “¿Qué le parece si saca un pañuelo blanco y nos rendimos?".

4. El mudo que ‘ofendió’ al árbitro
El 8 de noviembre de 1972, por el torneo argentino, Huracán superaba como local a Estudiantes de La Plata 2 a 0. Los “pinchas” pugnaban por el empate, y, poco antes del final del primer tiempo, el árbitro Washington Mateo cobró un penal para los visitantes. Sin embargo, a instancias de uno de los jueces de línea, Mateo se retractó y marcó un tiro libre para Huracán. La decisión disgustó a los jugadores albirrojos, que desaprobaron el cambio con enérgicos gestos y términos soeces dirigidos hacia el hombre de negro. En medio del revuelo, el referí sacó su tarjeta roja y se la mostró al volante central Carlos Alberto de Marta, de quien creyó haber escuchado un claro y grosero insulto. El match prosiguió y Huracán, con la diferencia numérica a su favor, se impuso por 5 a 1. Mateo elevó su informe y una semana después De Marta fue citado a declarar por el Tribunal de Disciplina. El jugador se presentó en la sede de la entidad y, un día después, lo que pudo haber sido una dura sanción se diluyó en una simple amonestación. ¿Por qué? El tribunal consideró que De Marta difícilmente pudo articular una injuria claramente audible por Mateo, no solo por el bochinche que imperaba en ese momento en el estadio, sino porque el volante era sordomudo de nacimiento.

5. Infidelidad en directo
El Genoa luchaba por el ascenso a la Serie A italiana. El 28 de abril de 2000, en casa, frente al Atalanta de Bérgamo —uno de los punteros del campeonato—, había que ganar o ganar. El choque, cargado de roces, nervios y pierna fuerte, se evaporaba igualado en un tanto, hasta que el veloz delantero Davide Nicola trazó una diagonal fulminante que definió con maestría ante la salida estéril del arquero visitante, Alberto Fontana. Para celebrar su conquista, el goleador extendió su alocada carrera hasta un costado del campo, donde estaba sentado un grupo de policías, y se arrojó sobre una rubia y bella agente del orden, a quien besó apasionadamente. Era —reconoció luego el futbolista al periodista de la televisión situado en el campo de juego— una “amante” que había “caído en la red”. Nicola no fue amonestado por tan apasionado festejo, pero quien sí vio la tarjeta roja fue la policía: su esposo, que miraba el partido en directo por TV, la llamó de inmediato al teléfono celular y la expulsó del terreno conyugal.

6. El muerto que hace goles
Durante la semifinal del Mundial de Suiza 1954, disputada en Lausanne, se produjo un caso extraordinario: un futbolista de Uruguay sufrió un paro cardíaco y, tras recibir una dosis de coramina —un medicamento que estimula las funciones vasomotoras y respiratorias— siguió jugando. El protagonista de la notable situación fue el delantero Juan Hohberg, quien, curiosamente, había nacido en Argentina y comenzado su carrera como arquero. Hohberg —quien ese día debutaba en la escuadra oriental— consiguió los dos goles que le permitieron a Uruguay igualar el encuentro, a los 75 y 86 minutos. Según cuenta el periodista Alfredo Etchandy en su libro El Mundo y los Mundiales, cuando el atacante marcó la igualdad, “sus compañeros le cayeron arriba en el festejo y por la emoción sufrió un paro cardíaco. Fue reanimado por el kinesiólogo Carlos Abate, quien le suministró coramina por la boca. Cuando empezó el alargue seguía afuera, pero poco después retornó a la cancha y jugó hasta la finalización de la prórroga”. En esa época todavía no estaban autorizados los cambios, y la escuadra celeste no podía darse el lujo de resignar nada porque, además del pase a la final, defendía una impresionante racha invicta de 21 partidos en Mundiales y Juegos Olímpicos. Empero, en el alargue, Hungría marcó dos veces más para redondear un marcador de 4 a 2 que coronó, más que nunca, un “partido de infarto”.

7. El peor descuido de un arquero en la historia 
Atlético de Madrid llegó una sola vez a la final de la Copa de Campeones de Europa y estuvo a cuarenta segundos de obtener el título más importante del fútbol del Viejo Continente, pero un increíble descuido de su arquero Miguel Reina lo privó del preciado galardón. La final del torneo, que enfrentó al conjunto madrileño con Bayern Munich de Alemania, se llevó a cabo el 15 de mayo de 1974 en el estadio Heysel de Bruselas, Bélgica. Al término de los noventa minutos reglamentarios, el marcador continuaba en blanco, por lo que el juez local Louis Loreaux hizo jugar el alargue de dos tiempos de quince, tal como lo establecía el anterior reglamento. A los 113 minutos, el delantero español Luis logró la apertura del marcador con un tiro bajo que superó al legendario portero Sepp Maier. Parecía que la gloria quedaba en poder de la escuadra española. Sin embargo, a segundos del final, ocurrió lo inconcebible: aún con la pelota en juego, Reina se quitó los guantes, abandonó su lugar y se los regaló a un fotógrafo que se encontraba detrás del arco. El inadmisible descuido fue aprovechado por el defensor alemán Georg Schwarzembeck quien, al notar que la meta estaba libre, efectuó un violento disparo de zurda desde treinta metros que llegó hasta las redes sin oposición. Igualado el duelo, se pactó un encuentro definitivo para dos días más tarde, en el mismo estadio, y el entrenador Juan Carlos Lorenzo decidió mantener a Reina. Nuevo error: los alemanes se impusieron por 4 a 0.

8. Los futbolistas descalzos
El encuentro de fútbol que el 31 de julio de 1948 protagonizaron Francia e India en el Lynn Road Stadium, por el torneo olímpico de Londres, bien puede incluirse en la galería de los partidos más extraños de la historia. India, que nunca había intervenido en una competición internacional fuera de Asia, presentó un equipo con todos sus jugadores descalzos. Esto, en realidad, no debió ser aceptado por el referí sueco Gunnar Dahlner, porque se trata de una incorrección reglamentaria referida a la vestimenta de los futbolistas, por el peligro que representa para los pies descubiertos. Sin embargo, el partido se jugó y, contra lo que podría creerse una seria desventaja, por agarre y mayor potencia en el remate, la falta de calzado no se notó en el trámite del match. Los franceses, bien plantados en sus botines, más experimentados y con una extensa e intensa historia futbolera, tuvieron que luchar muy duro frente al desconocido e impetuoso equipo rival. La escuadra gala abrió el marcador a los treinta minutos mediante René Courbin, pero los indios no se rindieron e igualaron el tanteador a los setenta con un golazo de Sarangapari Dhanraj Raman. A solamente cinco minutos del final, el referí sueco Gunnar Dahlner cobró un penal para los asiáticos por una fuerte falta dentro del área. La ejecución estuvo a cargo del defensor Sailendra Nath Maná, quien sacó un violento disparo que salió desviado, lejos del arco que defendía Guy Rouxel. Recuperados del susto y de lo que pudo ser un gran papelón, los europeos retomaron el control de la pelota y a los 89 sentenciaron el duelo gracias a un acertado remate de André Strape. Entusiasmado por su sorprendente actuación olímpica, el seleccionado asiático se inscribió para participar en el Mundial de Brasil 1950. El sorteo lo ubicó en el grupo 3 junto a Suecia, Paraguay e Italia, pero como la FIFA, que había tomado nota de la irregularidad ocurrida en Inglaterra, se puso firme y prohibió a los indios actuar descalzos, a último momento el equipo decidió no viajar a Sudamérica. Fieles a la cultura adquirida en las calles de Nueva Delhi y Bombay, los muchachos prefirieron quedarse en casa a que se pisotee su tradición.

9. El árbitro que se autoexpulsó
Posiblemente, la expulsión más extraordinaria de la historia del fútbol se produjo en el suburbio londinense de Charlton, durante un partido de aficionados ocurrido en marzo de 1998. Con el correr de las acciones, la situación se había tornado compleja para el árbitro Melvin Sylvester, cuyos fallos eran duramente cuestionados, uno a uno, por los jugadores. En el segundo tiempo, al proseguir la andanada de reclamos, la paciencia de Sylvester llegó a su fin: ante la persistente queja a gritos de un futbolista, el referí, desbordado, lo derribó de un puñetazo en el ojo. Al darse cuenta de lo que había hecho, Sylvester, sumamente compungido, sacó la tarjeta roja y... ¡se autoexpulsó! Luego, el singular hombre de negro entregó su silbato a uno de los jueces de línea y se marchó a los vestuarios, no sin antes prometer que nunca más volvería a dirigir.

10. los hinchas que vistieron a los jugadores
El 26 de marzo de 1994, Chacarita y Almagro se enfrentaron por el campeonato de Primera B argentino. Como ambas instituciones eran vestidas por la misma marca de indumentaria deportiva, Penalty, se puso en juego una copa, que quedaría en las vitrinas del conjunto vencedor. La iniciativa contó con el visto bueno de los dos clubes. Sin embargo, a la hora de salir a la cancha... ¡Sorpresa!: las dos escuadras lucían atuendos totalmente blancos. Para colmo, ninguno de los dos equipos había previsto un juego de ropa alternativo para un eventual percance. Con el correr de los minutos, un simpatizante local propuso una solución para superar el tremendo papelón: pedir prestadas a la hinchada remeras “tradicionales” a bastones rojo, negro y blanco, con el número estampado. En un abrir y cerrar de ojos, desde atrás del alambrado cayeron prendas para formar decenas de equipos, producto de la reconocida fidelidad de los seguidores de Chacarita por llevar a los estadios los colores de sus amores. Rápidamente, se armó una selección del 2 al 16 y se distribuyó entre los futbolistas, que iniciaron las acciones con 22 minutos de retraso. Finalmente, Chacarita se impuso por 3 a 2 y ganó el trofeo. Cuando el capitán Sergio Lara se acercó al directivo de Penalty para recibir el premio... ¡Otra sorpresa!: el defensor vestía una camiseta marca Taiyo, el anterior patrocinador del equipo.

lunes, 23 de enero de 2023

Leyenda de las cinco águilas blancas

Tulio Febres Cordero

Escritor Tulio Febres Cordero.

Según la tradición de los Mirripuyes (tribu de los Andes venezolanos), la primera mujer se llamaba Caribay. Era hija del ardiente Zuhé (el Sol) y de la pálida Chía (la Luna). Se la consideraba el genio de los bosques, imitaba el canto de los pájaros, jugaba con las flores y los árboles y un día se encontró con las cinco águilas blancas que, según la tradición indígena, se convertirían en las cinco majestuosas montañas de las Sierras Nevadas de Mérida, siempre cubiertas de nieve: La Corona, La Concha, La Columna, El León y el Toro.

Es esta una de las más hermosas y conocidas leyendas venezolanas recogida por Tulio Febres Cordeno y publicada en el periódico de Mérida (Venezuela) El Lápiz, el 10 de julio de 1895.


Leyenda de las cinco águilas blancas
Leyenda de las cinco águilas blancas. Fuente de la imagen

LEYENDA DE LAS CINCO ÁGUILAS BLANCAS

Tulio Febres Cordero (Venezuela, 1860-1938)

Cinco águilas blancas volaban un día por el azul del firmamento; cinco águilas blancas enormes, cuyos cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y montañas.

¿Venían del Norte? ¿Venían del Sur? La tradición indígena sólo dice que las cinco águilas blancas vinieron del cielo estrellado en una época muy remota.

Eran aquellos los días de Caribay, el genio de los bosques aromáticos, primera mujer entre los indios Mirripuyes, habitantes de los Andes empinados.

Era la hija del ardiente Zuhé y la pálida Chía; remedaba el canto de los pájaros, corría ligera sobre el césped como el agua cristalina, y jugaba como el viento con las flores y los árboles.

Caribay vio volar por el cielo las enormes águilas blancas, cuyas plumas brillaban a la luz del sol como láminas de plata, y quiso adornar su coraza con tan raro y espléndido plumaje. Corrió sin descanso tras las sombras errantes que las aves dibujaban en el suelo; salvó los profundos valles; subió a un monte y otro monte; llegó, al fin, fatigada a la cumbre solitaria de las montañas andinas. Las pampas, lejanas e inmensas, se divisaban por un lado; y por el otro, una escala ciclópea, jaspeaba de gris y esmeralda, la escala que formaban los montes, iba por la onda azul del Coquivacoa.

Las águilas blancas se levantaron, perpendicularmente sobre aquella altura hasta perderse en el espacio. No se dibujaron más sus sombras sobre la tierra.

Entonces Caribay pasó de un risco a otro por las escarpadas sierras, regando el suelo con sus lágrimas. Invocó a Zuhé, el astro rey, y el viento se llevó sus voces. Las águilas se habían perdido de vista, y el sol se hundía ya en el Ocaso.

Aterida de frío, volvió sus ojos al Oriente, e invocó a Chía, la pálida luna; y al punto detúvose el viento para hacer silencio. Brillaron las estrellas, y un vago resplandor en forma de semicírculo se dibujó en el horizonte.

Caribay rompió el augusto silencio de los páramos con un grito de admiración. La luna había aparecido, y en torno de ella volaban las cinco águilas blancas refulgentes y fantásticas. Y en tanto que las águilas descendían majestuosamente, el genio de los bosques aromáticos, la india mitológica de los Andes moduló dulcemente sobre la altura su selvático cantar.

Las misteriosas aves revolotearon por encima de las crestas desnudas de la cordillera, y se sentaron al fin, cada una sobre un risco, clavando sus garras en la viva roca; y se quedaron inmóviles, silenciosas, con las cabezas vueltas hacia el Norte, extendidas las gigantescas alas en actitud de remontarse nuevamente al firmamento azul.

Caribay quería adornar su coroza con aquel plumaje raro y espléndido, y corrió hacia ellas para arrancarles las codiciadas plumas, pero un frío glacial entumeció sus manos: las águilas estaban petrificadas, convertidas en cinco masas enormes de hielo.

Caribay da un grito de espanto y huye despavorida. Las águilas blancas eran un misterio, pero no un misterio pavoroso. La luna oscurece de pronto, golpea el huracán con siniestro ruido los desnudos peñascos, y las águilas blancas se despiertan.

Erízanse furiosas, y a medida que sacuden sus monstruosas alas el suelo se cubre de copos de nieve y la montaña toda se engalana con el plumaje blanco.

Este es el origen fabuloso de las Sierras Nevadas de Mérida.

Las cinco águilas blancas de la tradición indígena son los cinco elevados riscos siempre cubiertos de nieve.

Las grandes y tempestuosas nevadas son el furioso despertar de las águilas; y el silbido del viento en esos días de páramo es el remedo del canto triste y monótono de Caribay, y el mito hermoso de los Andes de Venezuela.

lunes, 16 de enero de 2023

El difunto y yo. Julio Garmendia

 

suicidio

Examiné apresuradamente la extraña situación en que me hallaba. Debía, sin perder un segundo, ponerme en persecución de mi alter ego. Ya que circunstancias desconocidas lo habían separado de mi personalidad, convenía darle alcance antes de que pudiera alejarse mucho. Era necesario, mejor dicho, urgente, muy urgente, tomar medidas que le impidieran, si lo intentaba, dirigirse en secreto hacia algún país extranjero, llevado por el ansia de lo desconocido y la sed de aventuras. Bien sabía yo, su íntimo -iba a decir “inseparable”-, su íntimo amigo y compañero, que tales sentimientos venían aguijoneándole desde tiempo atrás, hasta el extremo de perturbarle el sentido crítico y la sana razón que debe exhibir un alter ego en todos sus actos, así públicos como privados. Tenía, pues, bastante motivo para preocuparme de su repentina desaparición. Sin duda acababa él de dar pruebas de una reserva sin limites, de inconmensurable discreción y de consumada pericia en el arte de la astucia y el disimulo. Nada dejó traslucir de los planes que maestramente preparaba en el fondo de su silencio. Mi alter ego, en efecto, hacía varios días que permanecía silencioso; pero en vista de que entre nosotros no mediaban desavenencias profundas, atribuí su conducta al fastidio, al cual fue siempre muy propenso, aún en sus mejores tiempos, y me limité a suponer que me consideraba desprovisto de la amenidad que tanto le agradaba. Ahora me sorprendía con un hecho incuestionable: había escapado, sin que yo supiera cómo ni cuándo.

Lo busqué en seguida en el aposento donde se me había revelado su brusca ausencia. Lo busqué detrás de las puertas, debajo de las mesas, dentro del armario. Tampoco apareció en las demás habitaciones de la casa. Notando, sorprendida, mis idas y venidas, me preguntó mi mujer qué cosa había perdido.

-Puedes estar segura de que no es el cerebro -le dije. Y añadí hipócritamente:

-He perdido el sombrero.

-Hace poco saliste, y lo llevabas. ¿No me dijiste que ibas a no sé qué periódico a poner un anuncio que querías publicar? No sé cómo has vuelto tan pronto.

Lo que decía mi mujer era muy singular. ¿Adónde, pues, se había dirigido mi alter ego? Dominado por la inquietud, me eché a la calle en su busca o seguimiento. A poco noté -o creí notar- que algunos transeúntes me miraban con fijeza, cuchicheaban, sonreían o guiñaban el ojo. Esto me hizo apresurar el paso y casi correr; pero a poco andar me salió al encuentro un policía, que, echándome mano con precaución, como si fuera yo algún sujeto peligroso o difícil de prender, me anunció que estaba arrestado. Viéndome fuertemente asido, no me cupo de ello la menor duda. De nada sirvieron mis protestas ni las de muchos circunstantes. Fui conducido al cuartel de policía, donde se me acusó de pendenciero, escandaloso y borracho, y, además, de valerme de miserables y cobardes subterfugios, habilidades, mañas y mixtificaciones para no pagar ciertas deudas de café, de vehículos de carrera, de menudas compras ¡Lo juro por mi honor! Nada sabía yo de aquellas deudas, ni nunca había oído hablar de ellas, ni siquiera conocía las personas o los sitios -¡Y qué sitios!- en donde se me acusaba de haber escandalizado. No pude menos, sin embargo, de resignarme a balbucir excusas, explicaciones: me faltó valor para confesar la vergonzosa fuga de mi alter ego, que era sin duda el verdadero culpable y autor de tales supercherías, y pedir su detención. Humillado, prometí enmendarme. Fui puesto en libertad, y alarmado, no ya tanto por la desaparición de mi alter ego como por las deshonrosas complicaciones que su conducta comenzaba a hacer recaer sobre mí, me dirigí rápidamente a la oficina del periódico de mayor circulación que había en la localidad con la intención de insertar en seguida un anuncio advirtiendo que, en adelante, no reconocería más deudas que las que yo mismo hubiera contraído. El empleado del periódico, que pareció reconocerme en el acto, sonrió de una manera que juzgué equívoca y sin esperar que yo pronunciara una palabra, me entregó una pequeña prueba de imprenta, aun olorosa a tinta fresca, y el original de ella, el cual estaba escrito como de mi puño y letra. Lo que peor es, el texto del anuncio, autorizado por una firma que era la mía misma, decía justamente aquello que yo tenía en mientes decir. Pero tampoco quise descubrir la nueva superchería de mi alter ego -¿de quién otro podía ser?- y como aquel era, palabra por palabra, el anuncio que yo quería, pagué su inserción durante un mes consecutivo. Decía así el anuncio en cuestión:

“Participo a mis amigos y relacionados de dentro y fuera de esta ciudad que no reconozco deudas que haya contraído “otro” que no sea “yo”. Hago esta advertencia para evitar inconvenientes y mixtificaciones desagradables.
Andrés Erre.”

Volví a casa después de sufrir durante el resto del día que las personas conocidas me dijeran a cada paso, dándome palmaditas en el hombro:

-Te vi por allá arriba…

O bien:

-Te vi por allá abajo…

Mi mujer, que cosía tranquilamente, al verme llegar detuvo la rueda de la máquina de coser y exclamó:

-¡Qué pálido estás!

-Me siento enfermo -le dije.

-Trastorno digestivo -diagnosticó-. Te prepararé un purgante y esta noche no comerás nada.

No pude reprimir un gesto de protesta. ¡Cómo! La escandalosa conducta de mi alter ego me exponía a crueles privaciones alimenticias, pues yo debería purgar sus culpas, de acuerdo con la lógica de mi mujer. Esto desprendíase de las palabras que ella acababa de pronunciar.

Sin embargo, no quería alarmarla con el relato del extraordinario fenómeno de mi desdoblamiento. Era un alma sencilla, un alma simple. Hubiera sido presa de indescriptibles terrores y yo hubiera cobrado a sus ojos las apariencias de un ser peligrosamente diabólico. ¡Desdoblarse! ¡Dios mío! Mi pobre mujer hubiera derramado amargas lágrimas al saber que me acontecía un accidente tan extraño. Nunca más hubiera consentido en quedarse sola en las habitaciones donde apenas penetraba una luz débil. Y de noche, era casi seguro que sus aprensiones me hubieran obligado a recogerme mucho antes de la hora acostumbrada, pues ya no se acostaría despreocupadamente antes de mi vuelta, ni la sorprendería dormida en las altas horas, cuando me retardaba en la calle más de lo ordinario.

No obstante los incidentes del día, todavía conservaba yo suficiente lucidez para prever las consecuencias de una confidencia que no podía ser más que perjudicial, porque si bien las correrías de mi alter ego pudiera suceder que, al fin y al cabo, fuesen pasajeras, en cambio sería difícil, si no imposible, componer en mucho tiempo una alteración tan grave de la tranquilidad doméstica como la que produciría la noticia de mi desdoblamiento. Pero los acontecimientos tomaron un giro muy distinto e imprevisto. La defección de mi alter ego, que empezó por ser un hecho antes risible que otra cosa, acabó en una traición que no tiene igual en los anales de las peores traiciones… Este inicuo individuo…

Pero observo que la indignación -una indignación muy justificada, por lo demás- me arrastra lejos de la brevedad con que me propuse referir los hechos. Helos aquí, enteramente desnudos de todo artificio y redundancia:

Salí aquella noche después de comer frugalmente porque mi mujer lo quiso así y me dijo, no obstante mis reiteradas protestas, que me dejaría preparado un purgante activísimo para que lo tomara al volver. Calculaba que mi regreso sería, como de ordinario, a eso de las doce de la noche.

Con el fin de olvidar los sobresaltos del día, busqué en el café la compañía de varios amigos que, casi todos, me habían visto en diferentes sitios a horas desacostumbradas y hablaban maliciosamente de ciertos incidentes en los cuales hallábase mezclado mi nombre, según pude colegir, pues no quise inquirir nada directamente ni tratar de esclarecer los puntos. Guardé bien mi secreto. Disimulé los hechos lo mejor que pude, procurando despojarlos de toda importancia. Una discusión de política nos retuvo luego hasta horas avanzadas. Eran las dos de la madrugada cuando abrí la puerta de casa, empujándola rápidamente para que chirriara lo menos posible. Todo estaba en calma, pero mi mujer, a pesar de que dormía con sueño denso y pesado, despertó a causa del ruido. Los ojos apenas entreabiertos, me preguntó entre dientes cómo me había sentado el purgante.

-¡El purgante! -exclamé-. Llego de la calle en este momento y no he visto ningún purgante! ¡Explícate, habla, despierta! ¡Eso que dices no es posible!

Se desperezó largamente.

-Sí -me dijo- es posible, puesto que lo tomaste en mi presencia… y estabas conmigo.. y…

– … ¡Y!…

Comprendí el terrible engaño de mi alter ego. La traición de aquel íntimo amigo y compañero de toda la vida me sobrecogió de espanto, de horror, de ira. Mi mujer me vio palidecer.

-Efecto del purgante -dijo.

Aunque nadie, ni aun ella misma, había notado el delito de mi alter ego, la deshonra era irreparable y siempre vergonzosa a pesar del secreto. Las manos crispadas, erizados los cabellos, lleno de profundo estupor, salí de la alcoba en tanto que mi mujer, volviéndose de espaldas a la luz encendida, se dormía otra vez con la facilidad que da la extenuación; y fui a ahorcarme de una de las vigas del techo con una cuerda que hallé a mano. Al lado colgaba la jaula de Jesusito, el loro. Seguramente hice ruido en el momento de abandonarme como un péndulo en el aire, pues Jesusito, despertándose, esponjó las plumas de la cabeza y me gritó, como solía hacerlo:

-¡Adiós, Doctor!

Tengo razones para creer que mi alter ego, que sin duda espiaba mis movimientos desde algún escondrijo improvisado, a favor de las sombras de la noche, se apoderó en seguida de mi cadáver, lo descolgó y se introdujo dentro de él. De este modo volvió a la alcoba conyugal, donde pasó el resto de la noche ocupado en prodigar a mi viuda las más ardientes caricias. Fundo esta creencia en el hecho insólito de que mi suicidio no produjo impresión ni tuvo la menor resonancia. En mi hogar nadie pareció darse cuenta de que yo había desaparecido para siempre. No hubo duelo, ni entierro. El periódico no hizo alusión a la tragedia, ni en grandes ni en pequeños títulos. Los amigos continuaron chanceándose y dándole palmaditas en el hombro a mi alter ego, como si fuera yo mismo. Y Jesusito no ha dejado nunca de gritar:

-¡Adiós, Doctor!

Sin duda, mi alter ego desarrolló desde el principio un plan hábilmente calculado en el sentido de producir los resultados que en efecto se produjeron. Previó con precisión el modo como reaccionaría yo delante de los hechos que él se encargaría de presentarme en rápida y desconcertante sucesión. Determinó de antemano mi inquietud, mi angustia, mi desesperación; calculó exactamente la hora en que un cúmulo de extrañas circunstancias había de conducirme al suicidio. Esta hora señalaba el feliz coronamiento de su obra; y es claro que sólo un alter ego que gozaba de toda mi confianza pudo llevar a cabo esta empresa. En primer lugar, el completo conocimiento que poseía de los más recónditos resortes de mi alma le facilitó los elementos necesarios para preparar sin error el plan de inducción al suicidio inmediato. En segundo término, si logró hacerse pasar por mí mismo delante de mi mujer y de todas las personas que me conocían, fue porque estaba en el secreto de mis costumbres, ideas, modos de expresión y grados de intimidad con los demás. Sabía imitar mi voz, mis gestos, mi letra y en particular mi firma, y además conocía la combinación de mi pequeña caja fuerte. Todos mis bienes pasaron automáticamente a poder suyo, sin que las leyes, tan celosas en otros casos, intervinieran en manera alguna para evitar la iniquidad de que fui víctima. También se apoderó del crédito que había alcanzado yo después de largos años de conducta intachable y correctos procederes; y en el mismo periódico continúa publicando a diario, autorizado con su firma, que es la mía, el mismo aviso que dice:

“Participo a mis amigos y relacionados de dentro y fuera de esta ciudad que no reconozco deudas que haya contraído “otro” que no sea “yo”. Hago esta advertencia para evitar inconvenientes y mixtificaciones desagradables.
Andrés Erre.”

FIN


Técnicas para hacer un ensayo: consejos a tener en cuenta

´

Un ensayo es un escrito que una persona (el autor) realizará en relación a un asunto o idea con la finalidad de exponer su propio punto de vista.

Es un texto en el que un autor del mismo expone y desarrolla sus ideas, tanto objetivas como subjetivas. Este tipo de relato, posee una introducción, desarrollo y conclusión que contemplan un tema desde un enfoque particular. 

Lo primero que hay que tener claro para lograr escribir un ensayo es la estructura.

Estructura de un ensayo

Se puede definir un ensayo en tres partes según su estructura: introducción, desarrollo y conclusión.

  • Introducción: Esta parte debe suponer aproximadamente el 10% de la extensión del ensayo y debe resumir a la perfección el tema que va a tratar el autor a lo largo del ensayo. En la introducción se plasmará la línea argumentativa que se va a llevar a cabo en el resto de partes del ensayo.

  • Desarrollo: Es la parte central del ensayo y, por ende, la que más extensión debe ocupar, concretamente alrededor del 80%. En esta parte el autor presentará sus ideas y argumentaciones citando para ello otros autores, revistas o libros de referencia en la temática escogida. Se presentarán las ideas principales y las argumentaciones que posicionan al autor en ese tema. Es importante que todas las explicaciones tengan relación entre sí y queden bien cohesionadas.

  • Conclusión: El 10% restante de la extensión del ensayo corresponde a la conclusión. En esta parte, el autor debe resumir las ideas más importantes de todo el texto que ha escrito con anterioridad. Es más, deberá destacar las ideas que le ayudan a posicionarse para, así, saber fácilmente la postura del autor.

Pasos para hacer un ensayo

Una vez clara la estructura, hay una serie de consejos que ayudarán a mejorar plasmar las ideas y, en definitiva, a poder realizar mejor un ensayo.

1. Pensar la temática del ensayo

Por más ordenada que sea la estructura del ensayo, es necesario que el tema en cuestión sea de gran relevancia. Abordar temas actuales y escribir teniendo en cuenta el público al que va dirigido. Revisar los medios locales e interiorízar con los temas que estén sobre el tapete.

2. Investigar acerca del tema

Buscar fuentes fiables de las que sacar la información para el ensayo. 

3. Estudiar otros ensayos escritos sobre la temática elegida

Buscar ensayos escritos que traten el tema

4. No abarcar demasiados puntos

El ensayo no pretende agotar todas las posibilidades de un tema, sino que se enfoca solo a una parte del mismo. Evitar escribir párrafos y párrafos de otros aspectos del tema en cuestión.

5. Utilizar frases cortas

Esto dará dinamismo al texto y mantendrá la atención del lector. 

6. Incluir reflexiones

.

Otros consejos para escribir un ensayo

  1. Recuerda siempre tener en mente el tema sobre el cual estás trabajando. Esto te ayudará a que no te desvíes involuntariamente del objetivo.
  2. Identifica palabras claves dentro del ensayo. Esto te ayudará a armar y guiar la redacción.
  3. Evita lenguaje inadecuado o vulgar. Con esto queremos decir que evites utilizar lenguaje o palabras que no estén relacionadas con el tema.
  4. Realiza la presentación del tema principal en el primer párrafo. Esto facilitará la lectura y la estructura del ensayo, así como también dará claridad a tu ensayo.
  5. Utiliza conectores. Como en toda redacción formal o semi-formal, es importante el uso adecuado de conectores. De este modo, las oraciones que presentes estarán entrelazadas.
  6. En el párrafo final deberás mencionar la conclusión del tema expuesto en el primer párrafo.
  7. Usa citas. Tal como te mencionamos más arriba, es muy importante que uses citas de la manera adecuada tanto en el cuerpo del ensayo como en el pie de página o en la bibliografía abordada al finalizar el mismo.
  8. Revisa la ortografía, la gramática y la coherencia. Esto ayudará a que tu ensayo tenga el aspecto formal que es requerido.

Fuente: Universia.net

Del amor y otros demonios

Del amor y otros demonios  es una novela liviana pero curiosa del colombiano  Gabriel García Márquez , publicada en 1994. Con su inigualable...