lunes, 16 de enero de 2023

TÉCNICAS BÁSICAS PARA LAS EXPOSICIONES ORALES

 

Objetivos
Adquirir el hábito de expresión oral, fluida y coherente.
Conocer y superar las dificultades más comunes en la exposición oral de ideas y pensamientos
Desarrollar habilidades para exponer y defender ideas en una exposición oral.
Realizar prácticas de ejercitación en la exposición oral.

1. Utilidad y necesidad de la exposición
La palabra hablada permite transmitir realidades intelectivas. La comunicación se realiza fundamentalmente en forma oral, porque el aprendizaje es mucho más simple que el de la expresión escrita y porque ofrece ventajas de apoyatura mímica, gesticulación y especialmente la entonación que proporciona infinidad de tonos y matices para poder exteriorizar los sentimientos y las actitudes.

La expresión oral debe ser serena y precisa para poder participar en las deliberaciones colectivas. Debe existir una coordinación entre la ordenación mental de las ideas y el simultáneo ejercicio de su expresión oral. No sólo hay que saber con claridad mental lo que se quiere decir, sino que es preciso saber expresarlo con palabras adecuadas que aporten las razones, y puedan ser aceptadas por todos.

2. Dificultades en las exposiciones orales
El hecho de que los demás estén en silencio y sólo un individuo tenga que expresarse, aunque sea durante una corta intervención, provoca una serie de tensiones emocionales que dificultan la naturalidad de la exposición. Hay que superar el nerviosismo y la timidez desde el primer momento. Los demás están interesados en conocer las ideas que el expositor va a decir, no tienen interés en buscar defectos ni errores.

Es importante conseguir la seguridad en sí mismo. Si el hablante se siente con confianza y seguridad podrá expresarse con naturalidad. Un error se rectifica sobre la marcha de la exposición, con sencillez y naturalidad ya que es humano y hasta el más experto profesional de la palabra se equivoca. La mejor forma de exponer una idea es explicar con sencillez lo que se quiere decir. No hay que impresionar con frases raras y originales. Conviene expresar las cosas con frases cortas, claras y sencillas. Las ideas se expresan con claridad si están claras en la mente. Estando seguros de lo que se quiere decir, se dirá bien. Y si se está convencido de la certeza de lo que se va a decir, se dirá de tal forma que contagiará a los oyentes. La naturalidad implica un uso ordenado de la mímica y de la entonación. Un tono de voz sereno y agradable atraerá la simpatía y el interés del auditorio hacia la persona y hacia lo que dice.

3. Consejos para participar en exposiciones orales
  • Las opiniones se expresan cuando hay seguridad en lo que se quiere decir
  •  Se ejercita la exposición pausada y la dicción clara.
  • Se aprende a escuchar otras opiniones y a dejar hablar a los demás.
  • Si se conocen bien las otras opiniones, se podrá intervenir con acierto.
  • Se respetan otras opiniones y se evitan posturas extremistas.
  • Evitar la autosuficiencia y el desprecio por las opiniones ajenas.
  • No se repiten ideas y se piensa bien lo que se va a decir.
  • Se evitan cuestiones ajenas al tema propuesto.
  • Se debe sintetizar el pensamiento para expresarse con concisión.
4. Valor didáctico de las prácticas de exposición oral

Podemos dar el nombre de exposición oral, dentro del ambiente escolar, a la presentación de un tema literario o científico, de forma hablada de parte del alumno con el fin de adquirir soltura y facilidad para hablar en público. La finalidad que debe pretender el disertador en su exposición oral es convencer a sus oyentes de la veracidad de las opiniones e ideas que presenta en su disertación.

Se debe disuadir por medio de la palabra. El estudiante al realizar su exposición ante los demás, aprende a cuidar su dicción la pronunciación correcta de las palabras. La correcta y fluida expresión oral tiene tanta importancia como la expresión escrita en la que tanto se esmera el alumno. La exposición oral debe realizarse con gran cuidado y a la vez naturalidad, en la postura ante el público, en los gestos y en el movimiento del cuerpo y de las manos.

Aunque la exposición puede estar preparada en sus ideas principales, en el propio acto de la exposición hay que improvisar la forma y por lo tanto se ejercita en la expresión lógica, hilada y coherente. Poco a poco se va perdiendo el temor, la vergüenza y el nerviosismo, si estas prácticas son frecuentes. Estas prácticas sirven también para aprender a investigar con profundidad temas determinados, y a confeccionar guiones y resúmenes que sirvan de guía a la exposición.

5. Preparación de una disertación oral.

Primera parte: Objetivos.
1. TEMA
  •  ¿Sobre qué se va a hablar?
  •  Significado del tema propuesto
  • Comprender las implicaciones y conexiones del tema
2. FINALIDAD 
  • ¿Para qué se va a hacer la disertación?
  •  Conocer los objetivos que se pretenden
  • Calibrar los intereses que se pueden conseguir.
3. AUDITORIO

  • ¿Ante quién se va a hablar?
  • Interés del tema para el auditorio.
  • Mentalizarse en el tipo de oyentes.
Segunda parte: Contenidos que se van a desarrollar

4. INFORMACIÓN

  • ¿Qué se va a decir?
  •  Buscar las ideas a desarrollar
  • Descubrir dónde encontrar mayor información
  •  Recopilar toda la información
5. ORDENACIÓN

  • ¿En qué orden se van a decir?
  • Ordenar las ideas dentro de un plan específico
  • Realizar un esbozo con las siguientes características: brevedad y concisión; claridad y sencillez; orden y coherencia.
6. REDACCIÓN DEL GUIÓN

  • ¿Cómo se va a decir el tema?
  • Modo de expresar las ideas
  • Realizar el desarrollo del guión
Organización argumental:
o Introducción que ambiente el tema
o Desarrollo del contenido
o Conclusión final a la que se llega
Organización de la forma o de los recursos lingüísticos:
o Selección de palabras adecuadas
o Utilización de expresiones correctas
o Construcción de frases
Tercera parte. Preparación de los contenidos.

7. ENSAYOS PARCIALES

  •  Comprobar cómo se hace y qué corregir
  • Ensayar la postura, gestos y movimientos.
  • Cuidar la pronunciación, entonación, voz y pausas.
  • Memorizar palabras difíciles, expresiones originales y frases importantes.
8. ENSAYO GENERAL.

  • Adquirir una visión global de la exposición
  • Comprobar todos los aspectos: 
• Si falta o sobra algo
• Si es correcta la ilación de las ideas
• Si están memorizadas las expresiones
• Si la forma expositiva está bien cuidada
• Si el tiempo utilizado es el adecuado
• Si la conclusión es lógica y coherente.
Cuarta Parte: realización y valoración de la exposición.
9. DISERTACIÓN

  • Presentarse con seguridad y sencillez ante el auditorio
  • Exposición clara y pausada del tema preparado
  • Conseguir atraer el interés del auditorio para que escuche, entienda y siga la presentación del tema
10. EVALUACIÓN FINAL

  •  Valoración personal de cómo se ha hecho
  •  Reacciones del auditorio
  •  Aceptación de las críticas y sugerencias
  •  Anotar aspectos a rectificar en futuras actuaciones
6. Consejos prácticos

a) Sugerencias en cuanto a la disposición de los materiales a utilizar

  • El expositor se coloca en un lugar más elevado para que pueda ser visto por los oyentes y para que él pueda ver a todos
  • Tener escrito el guión con letra grande y clara para que de una mirada rápida se pueda seguir el orden
  • En el guión conviene destacar los aspectos más importantes dentro de un esquema breve.
  • El guión debe ser breve y claro; es un esquema.
  • Si se usa micrófono no se debe hablar cuando se esté lejos de él.
  • No dar la espalda al auditorio si hay que escribir en la pizarra o en un retroproyector.
  • Tener cerca los objetos que van a presentarse a lo largo de la disertación.
  • Si hay que leer documentos, también se deben tener cerca.
b) Sugerencias sobre la pronunciación, entonación y gesticulación

  • Conviene expresar la disertación de pie y hasta moviéndose con naturalidad por el estrado.
  • Mirar los diversos lugares del auditorio. Nunca con la vista baja ni mirando siempre a un mismo sitio.
  • No hay que tener prisa en expresar las ideas, sino hablar pausadamente para expresar una dicción clara y exacta
  • Expresarse con un tono de voz agradable y modulado evitando tanto la monotonía como los gritos.
  • El guión es sólo una base, no debe leerse ni recitarse memorísticamente. Debe de expresarse con espontaneidad y naturalidad.
  • Para destacar ideas, se pude cambiar el tono de voz, expresándolo más lentamente o ayudándose con la gesticulación.
  • Cambiar de tono y de ritmo en la exposición ayuda a mantener atento al público.
  • Es preferible un minuto de silencio antes de tartamudear o titubear.
  • Las pausas de silencio y preguntas al auditorio que el mismo conferencista responde son recursos oratorio muy utilizados.
  • Hay que decir las cosas con convicción para poder transmitir ese convencimiento al auditorio y persuadirle.
  • Se deben utilizar los gestos, las miradas persuasivas, los movimientos del cuerpo y especialmente las manos.
  • En el movimiento de las manos es preferible acostumbrarse a usar la derecha, pero nunca alternar las manos ni hacer movimientos bruscos y grandilocuentes.
c) Sugerencia sobre léxico y sintaxis

  • Tener memorizadas algunas palabras difíciles o expresiones importantes. Si es preciso, tenerlas anotadas en el guión.
  • Expresarse con frases sencillas y claras. Para ello, utilizar frases cortas pues los circunloquios pueden inducir a errores.
  • Tener ensayadas las frases de difícil pronunciación. Si se han de utilizar palabras de otro idioma, se debe estar seguro de la pronunciación.
  • Suprimir las ideas que en los ensayos salían mal y si se cree que por el nerviosismo del momento se puedan pronunciar erróneamente.
  •  Tener memorizadas las frases más importantes que por su contenido puedan impresionar más al auditorio.
  • El final debe estar muy bien cuidado y preparado para no divagar y terminar con seguridad y aplomo.
  • Un final bien expresado dejará una buena impresión en el auditorio.
Fuente: Presentaciones, Defensas y Discurso Oral de Liduvina Carrera.
http://liduvinacarrera.blogspot.com/p/publicaciones.html

martes, 6 de diciembre de 2022

De cómo Panchito Mandefuá cenó con el Niño Jesús

I

        A ti que esta noche irás a sentarte a la mesa de los tuyos, rodeado de tus hijos, sanos y gordos, al lado de tu mujer que se siente feliz de tenerte en casa para la cena de Navidad; a ti que tendrás a las doce de esta noche un puesto en el banquete familiar, y un pedazo de pastel y una hallaca y una copa de excelente vino y una taza de café y un hermoso «Hoyo de Monterrey», regalo especial de tu excelente vicio; a ti que eres relativamente feliz durante esta velada, bien instalado en el almacén y en la vida, te dedico este Cuento de Navidad, este cuento feo e insignificante, de Panchito Mandefuá, granuja billetero, nacido de cualquier con cualquiera en plena alcabala, chiquillo astroso a quien el Niño Dios invitó a cenar.

II

       Como una flor de callejón, por gracia de Dios no fue palúdico, ni zambo, ni triste; abrióse a correr un buen día calle abajo, calle arriba, con una desvergüenza fuerte de nueve años, un fajo de billetes aceitosos y un paltó de casimir indefinible que le daba por las corvas y que era su magnífico Macferland de bolsillos profundos, con bolsillito pequeño para los cigarrillos, que era su orgullo, y que le abrigaba en las noches del enero frío y en los días de lluvia hasta cerca de la madrugada, cuando los puestos de los tostaderos son como favor bienhechores en el mar de niebla, de frío y de hambre que rodea por todas partes, en la soledad de las calles, al pobre hamponcillo caraqueño. Hasta cerca de media noche, después de hacer por la mañana la correría de San Jacinto y del Pasaje y el lance de doce a una en las puertas de los hoteles, frente a los teatros o por el boulevard del Capitolio, gritaba chillón, desvergonzado, optimista:

       —Aquí lo cargoo… El tres mil seiscientos setenta y cuatro; el que no falla nunca ni fallando, archipetaquiremandefuá…!

        El día bueno, de tres billetes y décimos, Panchito se daba una hartada de frutas; pero cuando sonaban las doce y sólo —después de soportar empellones, palabras soeces, agrios rechazos de hombres fornidos que toman ron— contaba en la mugre del bolsillo catorce o dieciséis centavos por pedacitos vendidos, Panchito metíase a socialista, le ponía letra escandalosa a «La Maquinita» y aprovechaba el ruido de una carreta o el estruendo de un auto para gritar obscenidades graciosísimas contra los transeúntes o el carruaje del general Matos o de otro cualquiera de esos potentados que invaden la calle con un automóvil enorme entre un alarido de cornetas y una hediondez de gasolina…; y terminaba desahogándose con un tremendo «mandefuá» donde el muy granuja encerraba como en una fórmula anarquista todas sus protestas al ver, como él decía, las caraotas en aeroplano.

       Quiso vender periódicos, pero no resultaba: los encargados le quitaron la venta: le ponía el «mandefuá» a las más graves noticias de guerra, a las necrologías, a los pesares públicos:

     —Mira, hijito —le dijeron— mejor es que no saques el periódico, tú eres muy «Mandefuá».

III

       Tuvo, pues, Panchito su hermoso apellido Mandefuá, obra de él mismo, cosa esta última que desdichadamente no todos son capaces de obtener, y él llevaba aquel Mandefuá con tanto orgullo como Felipe, Duque de Orleans, usaba el apelativo de Igualdad en los días un poco turbios de la Convención, cuando el exceso de apellidos podía traer consecuencias desagradables.

     Pero Panchito era menos ambicioso que el Duque y bastábale su «medio real podrido» —como gritaba desdeñosamente tirándoles a los demás de la blusa o pellizcándoles los fondillos en las gazaperas del Metropolitano.

      —Una grada para muchacho, bien ¡«mandefuá»!

      —Granuja, ¡atrevido!

      Y Panchito, escapando por la próxima bocacalle, impertérrito:

      —Ése es el premiado, ¡no se caliente mayoral!

      El título de mayoral lo empleaba ora en estilo epigramático, ora en estilo elevado, ora como honrosa designación para los doctores y generales del interior a quienes les metía su numeroso archipetaquiremandefuá.

      Y con su vocablo favorito, que era panegírico, ironía, apelativo —todo a un tiempo—, una locha de frito y un centavo de cigarros de a puño comprado en los kioskos del mercado, Panchito iba a terminar la velada en el Metro con «Los Misterios de Nueva York», chillando como un condenado cuando la banda apresaba a Gamesson advirtiéndole a un descuidado personaje que por detrás le estaba apuntando un apache con una pistola o que el leal perro del comandante Patouche tenía el documento escondido en el collar. Indudablemente era una autoridad en materia de cinematógrafo y tenía orgullo de expresarlo entre sus compañeros, los otros granujas:

     - Mire, vale, para que a mí me guste una película tiene que ser muy crema.

IV

     Panchito iba una tarde calle arriba pregonando un número «premiado» como si lo estuviese viendo en la bolita… Detúvose en una rueda de chicos después de haber tirado de la pata a un oso de dril que estaba en una tienda del pasaje y contemplando una vidriera donde se exhibían aeroplanos, barcos, una caja de soldados, algunos diávolos, un automóvil y un velocípedo de «ir parado…». Y, de paso, rayó con el dedo y se lo chupó, un cristal de la India a través del cual se exhibían pirámides de bombones, pastelillos y unos higos abrillantados como unas estrellas.

      En medio del corro malvado, vio una muchachita sucia que lloraba mientras contemplaba regada por la acera una bandeja de dulces; y como moscas, cinco o seis granujas se habían lanzado a la provocación de los ponqués y de los fragmentos de quesillo llenos de polvo. La niña lloraba desesperada, temiendo el castigo.

    Panchito estaba de humor: cinco números enteros y seis décimos ¡ochenta y seis centavos! la sola tarde después de haber comido y «chuchado…» Poderoso. Iría al Circo que daban un estreno, comería hallacas y podría fumarse hasta una cajetilla. Todavía le quedaban dos bolívares con que irse por ahí, del Maderero abajo para él sabía qué… ¡Una noche buena muy crema!

      Seguía llorando la chiquilla y seguían los granujas mojando en el suelo y chupándose los dedos…

       Llegó un agente. Todos corrieron, menos ellos dos.

        - ¿Qué fue, qué paso? Y ella, sollozando:

      — Que yo llevaba para la casa donde sirvo una bandeja, que hay cena allá esta noche y me tropecé y se me cayó y me van a echar látigo…

       Todo esto rompiendo a sollozar.

      Algunos transeúntes detenidos encogiéronse de hombros y continuaron.

    — Sigan, pues —les ordenó el gendarme. Panchito siguió detrás de la llorosa.

      —Oye, ¿Cómo te llamas tú?

      La niña se detuvo a su vez, secándose el llanto.

      — ¿Yo? Margarita.

      — ¿Y ese dulce era de tu mamá?

      — Yo no tengo mamá.

      — ¿Y papá?

      — Tampoco.

      — ¿Con quién vives tú?

    — Vivía con una tía que me «concertó» en la casa en que estoy.

      — ¿Te pagan?

      — ¿Me pagan qué?

      Panchito sonrió con ironía, con superioridad:

    — Guá, tu trabajo: al que trabaja se le paga, ¿no lo sabías?         Margarita entonces protestó vivamente:

   — Me dan la comida, la ropa y una de las niñas me enseña, pero es muy brava.

    — ¿Qué te enseña?

   — A leer… Yo sé leer, ¿tú no sabes? Y Panchito, embustero y grave:

   — ¡Puah! como un clavo… Y sé vender billetes, y gano para ir al cine y comer frutas y fumar de a caja.

    Dicho y hecho, encendió un cigarrillo… Luego, sosegado:

    — ¿Y ahora qué dices allá?

   — Diga lo que diga, me pegan… —repuso con tristeza, bajando la cabecita enmarañada.

    Un rayo de luz se hizo en la no menos enmarañada cabeza del chico:

     — ¿Y cuánto botaste?

   — Seis y cuartillo; aquí está la lista —y le alargó un papelito sucio.

   — ¡Espérate, espérate! —Le quitó la bandeja y echó a correr. Un cuarto de hora después volvió:

   — Mira: eso era lo que se te cayó, ¿nojerdá?

    Feliz, sus ojillos brillaron y una sonrisa le iluminó la carita sucia.

     —Sí…, eso…

      Fue a tomarla, pero él la detuvo:

      —¡No; yo tengo más fuerza, yo te la llevo!

      —Es que es lejos —expuso, tímida.

      —¡No importa!

      Por el camino él le contó, también, que no tenía familia, que las mejores películas eran en las que trabajaba Gamesson y que podían comerse un gofio…

  —Yo tengo plata, ¿sabes? —y sacudió el bolsillo de su chaquetón tintineante de centavos.

     Y los dos granujas echaron a andar.

    Los hociquillos llenos de borona seguían charlando de todo. Apenas si se dieron cuenta de que llegaban.

     —Aquí es… Dame.

     Y le entregó la bandeja.

     Quedáronse viendo ambos a los ojos:

   —¿Cómo te pago yo? —le preguntó con tristeza tímida. Panchito se puso colorado y balbuceó:

  — Si me das un beso.

   — ¡No, no! ¡Es malo!

   —¿Por qué?…

   —Guá, porque sí…

   Pero no era Panchito Mandefuá quien se convencía con razones como ésta; y la sujetó por los hombros y le pegó un par de besos llenos de gofio y de travesura.

   —Grito…, que grito…

    Estaba como una amapola y por poco tira otra vez la dichosa dulcera.

   —Ya está, pues, ya está.

    De repente se abrió el anteportón. Un rostro de garduña, de solterona fea y vieja apareció:

   —¡Muy bonito el par de vagabunditos éstos! —gritó. El chico echó a correr. Le pareció escuchar a la vieja mientras metía dentro a la chica de un empellón.

   —Pero, Dios mío, ¡qué criaturas tan corrompidas éstas desde que no tienen edad!

    ¡Qué horror!

V

     ¡Era un botarate! ¡No le quedaban sino veintiséis centavos, día de Noche Buena…! Quién lo mandaba a estar protegiendo a nadie…

     Y sentía en su desconsuelo de chiquillo una especie de loca alegría interior… No olvidaba en medio de su desastre financiero, los dos ojos, mansos y tristes de Margarita. ¡Qué diablos! el día de gastar se gasta «archipetaquiremandefuá…».

     A las once salió del circo. Iba pensando en el menú: hallacas de «a medio», un guarapo, café con leche, tostadas de chicharrón y dos «pavos-rellenos» de postre. ¡Su cena famosa! Cuando cruzaba hacia San Pablo, un cornetazo brusco, un soplo poderoso y de Panchito Mandefuá apenas quedó, contra la acera de la calzada, entre los rieles del eléctrico, un harapo sangriento, un cuerpecito destrozado, cubierto con un paltó de hombre, arrollado, desgarrado, lleno de tierra y sangre…

    Se arremolinó la gente, los gendarmes abriéndose paso…

    —¿Qué es?, ¿qué sucede allí?

    —¡Nada hombre! que un auto mató a un muchacho «de la calle…».

    —¿Quién…? ¿Cómo se llama…?

    —¡No se sabe! un muchacho billetero, un granuja de esos que están bailándole a uno delante de los parafangos… —informó, indignado, el dueño del auto que guiaba un «trueno».

VI

     Y así fue a cenar en el Cielo, invitado por el Niño Jesús esa Noche Buena, Panchito Mandefuá…

FIN


lunes, 5 de diciembre de 2022

Lectura: Origen y evolución del fútbol

        Los antecedentes del fútbol son muy lejanos. La propia FIFA encuentra evidencias de un deporte muy parecido en la antigua China, en los siglos II y III a. C. En la Antigua Roma, un juego llamado harpastum, con una pelota más pequeña, se jugaba en la ciudad de Roma en la época del imperio, y se inspiraba en un juego griego, la phaininda, más parecido al rugby.

¿Cómo surgió el fútbol?

       En la Edad Media se jugaron diversas variantes del fútbol, pero los ingleses fueron los primeros, a finales del siglo XVII, en poner normas y reglas. 

       Son numerosos los estudios que  intentan aclarar los orígenes del fútbol. Este deporte es quizás es el más popular de la actualidad. Su pasado mas cercano en cuanto a su forma actual, remonta a la Gran Bretaña de la segunda mitad del siglo XIX, específicamente a sus grandes y aristocráticos colegios.

       Sin embargo, existen referencias anteriores a su nacimiento inglés, ya que existieron juegos de diversa índole a los que cabe considerar como precedentes del fútbol, aunque sus datos son aislados; es lo que se conoce como “protofútbol”.

        En China, en tiempos remotos, el emperador Huang-Ti utilizaba un juego con balón como adiestramiento militar. Y en Japón había una variedad con características similares a las de China, aunque no tenía un objetivo militar sino que se realizaba por simple diversión. En Grecia, en el siglo III a.C., existía un juego llamado “episkyros”, y en Roma, en la época de Cé­sar, las legiones jugaban al “harpastum”. En Normandía y Bretaña, regiones de la actual Francia, desde tiempos inmemoriales existía la po­pular costumbre de jugar al “soule” o “choule”. Este juego se consolidó definitivamente hacia el si­glo XI, y en el siglo XIII lo practicaban miembros de la nobleza y el clero. El “soule” mantuvo su gran popularidad hasta el siglo XIX, cuando empezó a confundirse con otros juegos similares. También tenemos referencias de la existencia, ha­cia el año 1410, del juego de pelota llamado “gioco di calcio” en Florencia. Fue con los Medici cuando el “calcio” llegó a su esplendor.

     Mientras en Europa las manifestaciones prefutbo­lísticas adquirían claros matices de imposición corporal, en otras partes del mundo las cosas se hacían de forma más pacífica. En América del Norte, por ejemplo, tenemos referencias de un juego con balón de madera en el que se utilizaba un bastón, por lo que en realidad era más parecido al hockey que al fútbol. En México, este juego recibió el nombre de “anetsa”. Los mayas heredaron de los toltecas un curioso deporte que poco tiene que ver con juegos posteriores, salvo en el uso del balón y en el objetivo de colocarlo en una meta. Todavía en algunas tribus de Brasil y Venezuela se practica un fútbol muy parecido al de los mayas.

     Como nota a esta incursión por la prehistoria del fútbol, cabe señalar que todas aquellas prácticas físicas relacionadas con este deporte tuvieron en la potencia física y en la fuerza las características comunes. Los códigos o reglas, en el caso de que los hubiera, eran muy breves y vulnerables.

       En el siglo XVIII, cuando en la mayoría de las escuelas inglesas tenían su propio juego con distintos reglamentos, lo que impedía enfrentarse entre ellas, se jugaba una especie de balompié que se llamó “socker” y después “soccer”. En 1823, en el colegio de Rugby, un estudiante llamado William Ellis, cogiendo el balón con las manos, lo conducía hasta depositarlo detrás de la línea de gol contraria, con lo que creó el rugby en pleno partido de fútbol. Aquí es cuando se separan el fútbol asociación y el rugby.

      El primer código para regular la práctica del fútbol surgió en la Universidad de Cambridge, de donde salieron las “Catorce reglas de Cambridge”, que más tarde serían las “Leyes del juego” (1848). El 26 de octubre de 1863, en la Free Masons Tavern, de Londresse funda la Football Association. La FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) fue creada en 1904, tras haberse dis­putado ya desde 1872 los primeros partidos inter­nacionales de fútbol.

       Ahora bien, como día del nacimiento oficial del fútbol se toma el 26 de octubre de 1863 después de una reunión de asociaciones deportivas en la taberna Freemason’s, en Great Queen de Londres.

¿Quién inventó el fútbol en qué año y en qué país?

       En aquella famosa reunión había partidarios de todas las escuelas deportivas de Inglaterra. Los que venían de la ciudad de Rugby apostaban por el uso de las manos, y los que venían de Harrow querían permitir únicamente el uso de los pies y la cabeza. Finalmente, se separaron el fútbol y el rugby, así nació el futbol y se creó la English Football Association y se escribieron las primeras reglas del fútbol.

         Por su lado, en 1871, los partidarios de utilizar las manos en el juego crearon la Football Rugby Union y dieron nacimiento al rugby. En esa época, el profesor de escuela Richard Mulcaster, convirtiendose en el gran defensor de este deporte, al que llama footeball, de (foot=pie) y (ball=balón) en inglés, para educar a los niños.

     En 1841 se juega en Eton el primer partido que se recuerda con once jugadores en cada equipo. En 1848, en la Universidad de Cambridge se unifican normas y se crea el Código Cambridge, que limita el uso de las manos.

¿Cuántos años tiene el fútbol?

       En 1857, el Código Sheffield añade los saques de esquina y los saques de banda, pero, puesto que aún había disidentes, en 1863 se tuvo que convocar la reunión antes mencionada que dio lugar a la primera asociación inglesa de fútbol.

         En 1908, el fútbol participa por primera vez en los Juegos Olímpicos a nivel de seleccio­nes nacionales. El primer gana­dor es Gran Bretaña, que entre 1908 y 1972 se presen­tará con el nombre oficial de selección de fútbol de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. En los torneos de la FIFA, cada uno de los países del Reino Unido se presenta por separado.


domingo, 13 de noviembre de 2022

"Un día de estos" de Gabriel García Márquez














El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación.

Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.



«Papá»
«¿Qué?»
«Dice el alcalde que si le sacas una muela»
«Dile que no estoy aquí»

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

«Dice que sí estás porque te está oyendo»

El dentista siguió examinando el diente.
Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
«Mejor»

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

«Papá»
«¿Qué?»
Aún no había cambiado de expresión.
«Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro»

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
«Bueno,» dijo.


Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

«Siéntese»
«Buenos días» dijo el alcalde.
«Buenos»

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.

«Tiene que ser sin anestesia» dijo.
«¿Por qué?»
«Porque tiene un absceso»
«Está bien» dijo, y trató de sonreír.


El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde.

Era un cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferro en las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca.

Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:
«Aquí nos paga veinte muertos, teniente»

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón.



El dentista le dio un trapo limpio.
«Séquese las lágrimas»

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielo raso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos.

El dentista regresó secándose las manos.
«Acuéstese» dijo, «y haga buches de agua de sal»

El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

«Me pasa la cuenta» dijo.
«¿A usted o al municipio?» preguntó el dentista.

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.
«Es la misma vaina»


Gabriel García Márquez (1928)

Gabriel García Márquez es uno de los escritores latinoamericanos más conocidos internacionalmente. En 1982 ganó el Premio Nobel de Literatura por su novela Cien años de soledad. En todas sus obras existe una mezcla de lo real con lo maravilloso y en ellas presenta muchos de los problemas de la sociedad latinoamericana de un modo caricaturesco. Entre sus obras son importantes La hojarasca (1955), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985), y colecciones de cuentos como Los funerales de la Mamá Grande (1962), de donde es el cuento que aparece aquí, y Doce cuentos peregrinos (1992).

El cuento "Un día de estos" tiene lugar en Macondo, pueblo imaginario que también es el pueblo de Cien años de soledad. Es un cuento que refleja tanto el humor sardónico del autor, como su preocupación por la violencia que, desgraciadamente, ha caracterizado varias épocas de la historia colombiana.

 

Del amor y otros demonios

Del amor y otros demonios  es una novela liviana pero curiosa del colombiano  Gabriel García Márquez , publicada en 1994. Con su inigualable...